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El Rey es ungido

Artículo
 

Podemos asegurar que el Señor fue ungido más de una vez, pues todos los evangelistas relatan una historia similar, pero con detalles que nos dicen que los eventos fueron diferentes. Para nuestra meditación unámosla en una narración que hace resaltar el verdadero amor de un pecador perdonado (Lucas 7:47).

Para salvaguardar su buen nombre como benefactor y calmar su conciencia, un fariseo invita a su mesa al rabino cuya fama se habia extendido por toda Judea.

Ha pasado ya por su puerta, pero viene con doce hombres de Galilea y como le repugna cumplir con el rito antiguo no les ofrece agua para lavar sus pies. "Que les baste comer pan a mi mesa", se dice a sí mismo en voz baja.

De entre la multitud que se asoma curiosa para ser testigo de la esplendidez de este fariseo, sale una mujer con paso tembloroso, circunda la mesa y se acerca llena de penas y congojas.

Ve los pies del Nazareno, endurecidos por las piedras del camino, cubiertos de polvo, lastimados por espinos, y piensa para si: "Allí están seis tinajuelas, listas para el rito del judío, pero tú no quieres acciones vanas de un corazón vacío, por ello Señor, usaré sólo mis lágrimas, lágrimas de una pecadora contrita".

Cuando la mujer se inclina a secar los pies divinos con sus cabellos, las cargas de su alma ruedan, se desvanecen. Aquel ante quien se postra, ha quitado su culpa y llevado su pecado.

"¡Quisiera besarte, Salvador mío!" Exclama su alma agradecida, pero se detiene y medita: "No puedo besarte en la frente como un día lo hiciara mi madre, pues quién soy yo para bendecirte y darte lo que mi ser sabe que sólo tú puedes darme. No puedo besarte en la mejilla cual un igual y un amigo, no quiero que mañana mi beso se confunda con el del traidor que así entregaría a su Maestro. Beso tus pies, Señor mío, y con mi beso, mi ser te entrego; queden mis labios cual un sello, firmando el pacto de amor sincero que hoy yo hago contigo".

"Señor ¿que has puesto en mis manos? Un vaso de alabastro, una libra de perfume de nardo puro de gran precio, ¿Lo guardo para mí o te lo doy en secreto? Jamás permitas que tal cosa acontezca, tú viste mi corazón desnudo y oíste mi confesión sincera, y hoy, para que el mundo sepa cuánto te quiero rompo a tus pies el alabastro y que la casa se llene del olor del perfume".

En la mesa hay murmullos y desconcierto, y la mujer se aleja dejándolos para juzgar su hecho. Una lágrima que enjugó los pies de su Dueño, aún está en su cabello y es ahora un perla que su frente adorna; en sus labios hay ahora una sonrisa y en sus oídos, la voz clara del Maestro: "Tu fe te ha salvado, ve en paz".

 

Pluma

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