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Dos mujeres jóvenes subían una colina, tristes, pensativas, llevando aún sus atavíos de viudas. Caminaban en silencio, sabían que pronto tendrían que declarar cuál iba a ser su decisión. Cuando llegaron a los límites de la nación en donde habían vivido, su suegra, quien las acompañaba, les instó a pensar bien lo que proponían hacer con su vida. Estaban ante ellas estas opciones: seguirla, hasta un país desconocido para ellas, o regresar a la patria de donde eran oriundas y tratar de volver a su vida anterior.
Eran Orfa y Rut y estaban en los linderos de Moab (Rut 1:3-18). Las dos nueras, junto con la suegra: Noemí, habían conocido la mano de Dios que disciplina, pero también, la de un Dios que cumple sus promesas y que ama a sus hijos y perdona a los que se vuelven a él. Escucharon que Dios había visitado a su pueblo y les había dado pan y por eso, Noemí decidió volver.
Ante los desastres naturales, las guerras y las hambres de las que se escucha cada día, muchos son los que preguntan: ¿Dónde está el Dios de amor?, tal como Orfa y Rut pudieron haber preguntado cuando murieron sus maridos.
Pero los problemas que hoy vivimos, así como la muerte de los maridos de Orfa y de Rut, tienen su origen en el desacato de la ley de Dios. Él había prohibido el casamiento de israelitas con moabitas, así como ha dado muchas órdenes referentes a alimento, higiene y conducta humana, que el hombre ha ignorado, y además, ha dejado en la creación constancia de su deidad y de su poder; entonces, es por ignorar sus leyes y negarse a ver las pruebas fehacientes del amor que tiene para con sus criaturas y su ira contra toda injusticia, que estamos sufriendo las consecuencias. Pero, ¿se entiende esto así (Romanos 1:18-21)?
Rut escogió al Dios que era como un padre que disciplina al hijo que ama y bendice al que le obedece. Decidió seguir a Noemí y se fue a vivir a Belén donde fue elegida por Dios para ser bisabuela del rey David, de cuyo linaje es María, la madre de nuestro Señor Jesucristo (Mateo 1:5,6,16).
Orfa, en cambio, decidió regresar a su antigua vida en Moab, dejando a un lado lo que había conocido de Dios.
Ante usted, que conoce la grandeza de un Dios Creador que hizo el mundo y todo lo que en él hay, ante usted, que conoce la sabiduría de un Dios Soberano que puso las leyes que controlan el día y la noche, el verano y el invierno, el crecimiento de las plantas y la maduración de su fruto, así como lo que acontece cuando el hombre hace a un lado sus ordenanzas e ignora su autoridad, ante usted, está la alternativa: Identificarse con aquellos que siguen y obedecen al Dios de amor y justicia, y que tienen a Jesucristo como su Señor; o ignorar al Dios Todopoderoso, y además, culparlo de los desastres y problemas que nos rodean, llegando, tal vez, a negar su existencia.
La decisión es suya: Rendir su vida al Dios que lo ama y creer en su misericordia; o ignorar esta advertencia y volver a su vida lejos del Dios de amor y de justicia.
Pero, antes de decidir, piénselo en su corazón y actúe con cordura.
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