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Por la puerta de la ciudad salía una comitiva fúnebre, unos con el corazón cargado de dolor, otros con la mente llena de preguntas: ¿Por qué dejó Dios a esta mujer sin sustento? Primero perdió a su marido, y ahora, la muerte le arrebata a su único hijo… ¿Qué le pasará ahora a esta mujer que todos reconocían como virtuosa y amable?
Y así, siguiendo al féretro, con paso lento, lágrimas en sus ojos y voces de lamento en sus labios, se alejaba el cortejo de la ciudad.
Desde lejos, acercándose a la ciudad, venía otra multitud. Ésta estaba atenta a la voz de uno que aclamaban como Rabino. Sus palabras eran sabias, en su voz se percibía una autoridad que no podía compararse a la de los escribas que escuchaban cada día de reposo en la sinagoga, pero, lo más admirable: de su persona emanaba una paz y una tranquilidad que hacía eco en sus corazones, por eso le seguían, por eso escuchaban, incansables, sus enseñanzas.
Pero, sin que se notase, el Maestro cambió un poco su rumbo hasta encontrarse con la gente que salía de la ciudad y al darse cuenta del encuentro inevitable, la multitud que le seguía se preguntó: ¿Qué hará? ¿Podrá acaso ayudar a aquella viuda?...
Tomamos esta narración de un evento que puede usted leer en el Evangelio según San Lucas 7:11-17 y que sucedió a las afueras de una ciudad llamada Naín.
La narración nos dice del Señor Jesús: “Cuando la vio, se compadeció de ella, y le dijo: No llores”. ¿Qué pensarían los que lo escucharon? ¡Imposible!, ha perdido todo, las lágrimas seguirán. Pero el que dio la orden, tenía el poder para enjugar toda lágrima, y por eso se acercó al féretro, y dijo: “Joven, a ti digo, levántate”. Entonces, el joven se levantó y comenzó a hablar y se lo dio a su madre.
Ante este milagro, de los integrantes de las dos multitudes, se oyó esta exclamación: “Dios ha visitado a su pueblo”. Pero, ¿qué pasó después?
Podemos asegurar que nadie siguió hacia el cementerio a depositar un féretro vació, sin embargo, queda la pregunta: ¿Cuántos siguieron a Cristo, el Hijo de Dios, y cuántos volvieron a sus hogares, a seguir con su vida como si nada hubiera pasado?
Amigo: ¿de cuántos milagros ha sido usted testigo, y en cuántos de ellos ha reconocido la mano poderosa y sabia de Dios? ¿Ha visto salir de su capullo a una mariposa? ¿Ha visto cómo cuidan a sus polluelos las aves, como los defienden y los alimentan hasta que abren sus alas y dejan su nido? ¿Ha examinado de cerca un copo de nieve? ¿Se ha maravillado al ver cómo se tiñe de colores el cielo en un amanecer? Pero más importante aún, ¿ha sido preservada su vida en una enfermedad o en un accidente? ¿Ha tenido en sus brazos a un recién nacido? ¿Se ha detenido a sentir el palpitar rítmico de su propio corazón?...
Unos estarán frente a estos eventos y los dejarán pasar sin que impacten su vida, pues no se los atribuyen a Dios. ¡Así se comportó una de las multitudes! Tan grande fue su olvido que tiempo más tarde gritaron: ¡Crucifícale! No queremos a ese hombre. Sí, así hicieron con el que hizo este milagro.
Otros, ciertamente los pocos, se quedaron al lado del Maestro, y al escucharle con más cuidado, se abrió su corazón, entendieron su mensaje y lo aclamaron como su Señor y Salvador, al entender que estaba dando su vida por ellos en la cruz del Calvario.
Usted, ¿con qué multitud se identifica? Analice su respuesta con mucho cuidado.
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