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DOS REOS

Artículo
 

Un varón había sido echado a la cárcel por sedición y homicidio, estaba en su calabozo esperando ser llevado al suplicio. El madero en el que moriría ya estaba preparado.
            Afuera, en el patio de la cárcel, se oían los gritos de una multitud enardecida, y poniendo atención a lo que decían, se preguntó: ¿Será cierto, grita mi nombre? No puede ser, pensó, pero se acordó que en el día de la fiesta se acostumbraba soltar a un reo. ¿Seré yo?, ¿me escogerán a mí? Escuchó con más atención y otro nombre comenzó a distinguirse, era uno que nunca se había nombrado entre los criminales de Judea. Distinguió que la multitud clamaba: ¡Es reo de muerte!, y: ¡Crucifícale!
            Inquieto por lo que oía, le preguntó a su guardia, un romano adusto, frío, sin sentimientos, y no logró mayor información, hasta que llegó un centurión a decirle: De pie, estás de suerte, la multitud te pidió a ti y en tu lugar van a crucificar a otro reo que han traído a juicio, lo llamaron Jesús de Nazaret.
            Incrédulo de lo que le había acontecido, salió a la luz del día y vio pasar al nazareno, cargando la cruz que a él le correspondía. Barrabás, fue el nombre del reo que salió libre.
            (Tomado de la narración que puede usted leer en Lucas 23:17-25).

Tal vez se sorprenda de que el segundo reo sea Jesucristo, el Hijo de Dios; pero no somos nosotros los que así lo llamamos, sino la multitud que prefirió a Barrabás.
            Sí, la elección es dramática: uno de los dos debería ser colgado y la multitud escogió a Barrabás y puso en su lugar a quien murió, con un título sobre su cruz, que decía: Jesús, Rey de los Judíos.
            Amigo: todo aquel que rechaza a Cristo como su Señor y menosprecia la oferta de salvación que Dios presenta a todo aquel que cree en su Hijo, ¡no es diferente a esa multitud! Está rechazando a un Rey y aceptando a un homicida, sí, porque es el camino que lleva a la muerte.
            Tal vez lo hicieron sin pensar, amotinados e impulsados por los líderes religiosos de la época; pero no tenían excusa, habían visto sus maravillas y conocían de sus enseñanzas, y prefirieron ir con la turba y gritar: ¡Fuera, fuera, crucifícale!
            Hoy, una gran multitud vive sin pensar en Dios y sin querer entender por qué envió a su Hijo a morir en la cruz del Calvario. No sea de estos, deténgase, apártese de los gritos de la multitud que busca placer, dinero, poder y mucho más; y a solas, piense en lo que la muerte de Cristo significa para usted.
            No sabemos si Barrabás, días después, reflexionando sobre esto pudo decir: MURIÓ EN MI LUGAR.
            Pero usted, sí lo puede decir y comprometerse a vivir para aquel que dio su vida y resucitó para ser su Señor.
            Analice con cuidado su postura ante Cristo, el Hijo Unigénito de Dios.

 

Pluma


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