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Un hacendado, se encontró ante la necesidad de que alguien atendiera sus viñedos y, acercándose a uno de sus dos hijos, lo invitó a ir a trabajar en ellos, pero éste, decidido, le contestó: No quiero ir. Por eso invitó a su segundo hijo, quien, gustoso, le prometió que sí iría a cuidar sus viñedos.
Más tarde, el padre se enteró que el segundo hijo, el que había dicho que sí, no fue; pero que el primero, el que había dicho que no, si había ido a encargarse de sus viñedos y estaba cumpliendo bien con su trabajo.
Tomamos este relato de una parábola del Señor Jesús (Mateo 21:28 28-31), parábola que concluyó con esta pregunta: “¿Cuál de los dos hizo la voluntad de su padre?”
Si todo lo que tuviéramos para juzgar fueran las palabras de los hijos, responderíamos que fue el segundo, pero como sabemos el fin de historia, decimos que fue el primero.
De aquí tomaremos la lección.
A unos les gusta hablar mucho, prometer lo que es difícil de cumplir y lucirse con discursos de compromiso. Esto es oído por el público, quien lo llega a tener en alta estima, porque piensa que tiene, un interés sincero en el problema del que se le ha hablado.
Otros, al principio, muestran desinterés en la problemática que se les describe, pero pensándolo con calma, reconocen su error de no responder al instante y, después de meditarlo bien, se entregan a la tarea de búsqueda de soluciones, haciéndolo de todo corazón y con excelentes resultados.
Pasado un tiempo, ¿quién es el que es recordado por sus coterráneos? ¡Definitivamente el que habló con sus hechos, no con palabras.
Pero la parábola del Señor tiene una lección más profunda: Muchos piensan que con promesas y buenas intenciones, con sacrificios y actos de valor hechos frente a los hombres, Dios será complacido. Pero lo único que obtienen es la admiración y el buen nombre entre sus semejantes.
Dios ve el corazón, no los actos externos hechos para ser vistos por familiares y vecinos. Dios mide la obediencia a su voz y a lo ordenado en las Sagradas Escrituras, no a las tradiciones y propuestas de los hombres. Del primer hijo de la parábola leemos: “pero después, arrepentido, fue”. Esta frase destaca una acción que Dios busca en todo corazón de sus criaturas: ARREPENTIMIENTO.
Entendamos arrepentimiento como un dolor sincero y profundo del corazón al reconocer que se ha ofendido a un Dios que tanto nos ha amado; que lo hemos desobedecido al querer hacer nuestros caprichos o al seguir los consejos de hombres, y que no nos ha interesado averiguar qué es lo que verdaderamente pide Dios de nosotros.
Si le pudiéramos preguntar al Señor Jesús por qué el primer hijo hizo la voluntad de su padre, de seguro subrayaría en su respuesta que fue porque se arrepintió.
Amigo: Usted puede seguir haciendo lo que hasta hoy tiene como bueno, pero sólo será como el segundo hijo: con apariencias de que cumple, y con palabras y hechos que otros podrán admirar.
Pero también puede ser como el primero: meditar en su corazón lo que han sido sus actos delante de Dios y, arrepentido, comprometerse a hacer su voluntad, rogando que se la revele por medio de la Biblia, que es la palabra de Dios. Entre las órdenes de Dios destacamos esta: Creer que Jesucristo es el Hijo de Dios, enviado a rescatar al hombre de su pecado y a darle la potestad de vivir en santidad y ser útil a Dios y al prójimo.
Medite en su corazón, y dígale sí a Dios, pero con sus hechos, no con palabras
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