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ARTÍCULO I

Artículo
 

Comencemos analizando las dos primeras palabras:
“Padre nuestro…”

¿Podemos llamar a Dios “Padre” si no nos portamos como sus hijos?
¡Cuidado! Dios ya advirtió a su pueblo de esta incongruencia años atrás al proclamar por sus profetas:
“Si, pues, soy yo padre, ¿dónde está mi honra? y si soy señor, ¿dónde está mi temor?” (Malaquías 1:6).
No podemos decir con nuestra voz que Dios es nuestro Padre, si negamos esto con nuestras acciones. Si hemos de ser hijos de nuestro Padre, hemos de honrarle, manifestando en nuestro comportamiento las características que demuestran que somos sus hijos.
Pensemos en estas tres instrucciones:
“Sed, pues, vosotros perfectos, como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto” (Mateo 5:48). Ser perfecto es algo que muchos ven como imposible, porque desean serlo en sus fuerzas y con los recursos naturales que poseen como hijos de Adán. Pero los que han nacido de nuevo (Juan 3:5), deben ver esto con una actitud diferente, pues quien es han conocido el poder transformador de Dios en sus vidas, no tienen razón para dudar que ese mismo poder seguirá manifestándose cada día, ayudándoles a vencer sus debilidades, suplir sus deficiencias y eliminar sus dudas. Esto los llevará por el camino de la perfección.
“Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso” (Lucas 6:36). Ser misericordioso se demostrará en la manera en que se comparten las fuerzas, el tiempo y los bienes para ayudar a los necesitados.
“Porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo”; palabras que se unen a esta instrucción: “Si invocáis por Padre a aquel que sin acepción de personas juzga según la obra de cada uno, conducíos en temor todo el tiempo de vuestra peregrinación” (1 Pedro 1:16,17). Ser santo es demostrar que nos hemos apartado de todo lo que ante Dios es pecado y que creemos que, porque ahora su Espíritu mora en nosotros, las convicciones de nuestro corazón serán según la verdad de Dios, los anhelos de nuestra alma nunca excluirán a Dios y nuestro caminar en esta tierra será como la de un peregrino que no se identifica con los demás que le rodean, es decir, no consentimos con la maldad, la violencia, el egoísmo y todo el pecado que abunda en el medio en que existimos.

Meditemos en esto y pensemos si somos dignos de que Dios conteste nuestras plegarias si, cuando le llamamos “Padre”, no nos comportamos como sus hijos.

 

Pluma


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