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ARTÍCULO II

Artículo
 

Pensemos en la primera frase:
“Padre nuestro que estás en los cielos”.

¿Con qué frecuencia pone usted su mirada en los cielos? Pero no nos referimos a la acción de ver las nubes, las estrellas o el arco iris, sino a ver más allá de éstos, al trono donde está sentado quien creó todas estas maravillas.
¿Acaso es usted como el escritor del Libro de Eclesiastés que su observación estaba limitada únicamente a lo que estaba “debajo del sol”? Si este es su caso, tal vez ya exclama como él: “Todo es vanidad y aflicción de espíritu”; si aún no lo ve así, déjenos asegurarle que un día lo hará.

Hablar con alguien con quien se tiene una buena relación, pide verle a los ojos. Tal vez usted sabe que Dios está en los cielos, pero cuando se acerca a él en oración, y dice: “…que estás en los cielos”, ¿es porque puede poner su vista en el lugar de su trono, y porque puede sostener su mirada sin avergonzarse de sus hechos y sus pensamientos?.
¿Qué se necesita para esto?
Primordialmente, no tener la vista clavada en lo terrenal donde busca comida, bebida y vestido (Mateo 6:31,32), sino en el “Padre de las luces”, de quien proviene “toda buena dádiva y todo don perfecto” (Santiago 1:17).
Muchos animales que viven en cuevas tienen ojos que no pueden ver la luz del sol, y sólo salen de noche. En México hay una especie de peces que, porque viven en cuevas, han quedado ciegos. Muchos mortales son así: su vista, tan acostumbrada a ver “debajo del sol”, no puede alzarse para ver al Padre que está en los cielos. Otros casos son más dramáticos: como toda su vida se desarrolla en el plano terrenal, se aventuran a decir que Dios no existe; son como aquellos peces que desconocen que existe algo que se llama luz.

Aprendamos, pues, que orar a nuestro Padre, presupone que tenemos el hábito de acercarnos a él con frecuencia durante cada día, pues estamos conscientes que lo que somos y tenemos viene de él. También, nuestros labios declaran que no venimos a orar ante él como último recurso, sino que es nuestra primera acción, pues estamos acostumbrados a levantar nuestros ojos al cielo, al trono de su gracia, de donde esperamos el “oportuno socorro” (Hebreos 4:16).

Amigo, tal vez usted repite el “Padre Nuestro” de memoria y con frecuencia, pero, ¿entiende lo que dice?
Tenga por cierto que Dios lo oirá, no porque repite con claridad y corrección las palabras que aprendió desde su infancia, sino porque su corazón comprende y cree lo que dice, y además, su vida demuestra que esto es verdad. Viva con sus ojos puestos en las manos de Dios de donde viene toda bendición para su vida, para que así, con su vista fija en los ojos compasivos de su Padre, pueda decir desde el fondo de su corazón:
“Padre nuestro que estás en los cielos…”

 

Pluma


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