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Pensemos ahora en la frase: “Santificado sea tu nombre”.
Este es un buen pensamiento y una petición adecuada que hacer, pues mucho es lo que pedimos para nosotros y poco lo que pedimos para Dios. Pero será bueno pensar en lo siguiente: ¿Quién será el que pueda santificar el nombre de nuestro Padre que está en los cielos? ¿En quién se cumplirá nuestra petición?
Los ángeles santifican el nombre de Dios cada día y sin cesar, sería por demás rogarle a Dios que lo siguieran haciendo. Entonces, quienes podrán santificarlo son sus criaturas, los seres humanos: ¡usted y yo!
Santificar, significa darle un lugar especial, exclusivo, único.
Santificar el nombre de Dios es amarlo sobre todo otro nombre, es ponerlo como lo prioritario en nuestra vida, es vivir de tal manera que nuestras acciones declaren que lo tenemos en alta estima y que le obedecemos en todo.
Pedir que su nombre sea santificado, no es rogar que alguien lo declare santo, porque él ya es santo.
No es emprender una campaña para limpiar su nombre delante de los hombres, porque Dios es inmarcesible.
No es quitarle lo inmundo para hacerlo limpio, por que Dios es perfecto, más sublime que los cielos y no hay sombra de variación en él.
Lo anterior, más bien, es el concepto de santificar cuando se aplica a lo que Dios puede hacer en nuestra vida.
Por esto es necesario revisar si en verdad entendemos la frase y la petición: “Santificado sea tu nombre”.
Pero ahora piense en algo más: ¿Será congruente rogar que el nombre de Dios sea santificado si yo no estoy dispuesto a santificarlo?, ¿si uso el nombre de Dios para cosas vanas, para juramentos y exclamaciones sin sentido?, ¿si el nombre no significa nada para mí y no me mueve a vivir agradando a aquel que me creó a su imagen y semejanza?
Amigo: Piense de nuevo en el significado de esta frase, antes de repetirla en sus liturgias, permitiendo que salga de sus labios, pero no de su corazón.
Esté dispuesto a santificarlo en su vida con sus palabras y con sus hechos.
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