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Ahora, atendamos a lo que debe hacer la boca. Ésta deberá clamar a la inteligencia y darle su voz a la prudencia (v. 3). Si se llevan a la práctica estas dos acciones, el joven o la señorita que tal hagan, irán correctamente uncidos al mismo yugo, pero esto deberá mostrarse claramente, primero, apartándose del mal, porque apartarse del mal es la inteligencia (Job. 28:28).
Listar o definir específicamente todo de lo que debe apartase el joven o la señorita sería tarea larga, por lo que preferimos enunciar principios bíblicos que deberán considerarse al estar frente a una situación donde exista el peligro de caer en el mal:
“Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna” (1 Co. 6:12). Lo conveniente tiene que ver con lo que se es en Cristo, con lo que ya ha hecho él en la vida; se tiene una estatura, Cristo se está formando y, si lo que se presenta no corresponde a esto, entonces no es conveniente, es mal; y tú joven, tú señorita, te debes apartar. No entregues tampoco tus actos a la fortaleza personal, ni la autosuficiencia nuble tu visión, sino que, el “todo lo puedo en Cristo” (Fil.4:13), debe respaldar el compromiso de “no me dejaré dominar”.
“Todo me es lícito, pero no todo conviene; todo me es lícito, pero no todo edifica” (1 Co.10:23). El objetivo prioritario de ser “morada de Dios en el espíritu” (Ef. 2:22), encuentra un fuerte obstáculo en el mal; no sólo no habrá diseño y belleza, como corresponde a todo edificio, sino que el riesgo de ruina está latente, al no tener bien claro que el apartarse del mal es el bien (Sal. 37:27), por eso, cuando se vea amenazada tu edificación, el diseño de tu vida y la belleza de la misma; fortalécete en el Señor, ven a él y a su Palabra y encuentra en la oración la ayuda necesaria (Ef. 6:10-18).
¡Cuidado con ser de aquellos que a lo malo dicen bueno y a lo bueno malo (Is. 5:20)!
Da tu voz a la prudencia, es la segunda acción a realizar y consiste en dejar que la prudencia sea quien se exprese en tu lugar, que ella sea tu “vocero”. Hacerte escuchar en lugar, tiempo y oportunidad indicadas, así como imprimirle calidad a tu voz, serán tareas que la prudencia hará de manera excelente. Ten cuidado que no sea tu propia prudencia, te podrás dar cuenta de esto cuando en tu corazón estés dejando de confiar en el Señor (Pr. 3:5). No hay nadie como él en este ámbito, pues su senda es la prudencia (Is. 40:12).
A la par de lo anterior habrá otro resultado por demás deseable: “Los que por el uso tienen los sentidos ejercitados en el discernimiento del bien y del mal” (Heb. 5:14), alcanzan madurez.
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