Un yugo es un artefacto con el que se unce a dos animales formándose una yunta para trabajar. Así pasan parte del tiempo juntos, haciendo la labor, la cual, por el yugo que llevan ambos, es armoniosa.
El temor y el conocimiento de Dios son un yugo que se debe llevar. Dios lo impone. Se puede entender, tenerlo claro y saberlo a la perfección, llevando a cabo diversas prácticas con el oído, boca, ojos, manos, mente y corazón. Esto permitirá conocerlo y penetrar en algo que en la vida cotidiana es necesario tener y mostrar.
Ya nos referimos a las acciones de los sentidos: qué oigo, qué digo, qué veo y qué hago, mismas acciones que son producto de una mente y corazón que gozan de cabal salud, ahora vamos a concluir con aquello a lo que deben llegar a hacer, primero la mente, que será entender el temor de Dios y después el corazón, que deberá estar inclinado a la prudencia.
Entender es reconocer que todas las acciones del ayer no tienen más razón de ser. Si se hacían consciente o inconscientemente; a sabiendas o por ignorancia, ya no hay porqué seguirlas haciendo. Es llegar al punto de discernir los propios errores y tener la confianza plena en el Señor que él ha de librarnos de los que son ocultos (Sal. 19:12). Joven, señorita, resta ahora creer firmemente que el Señor es poderoso para guardarles sin caída, y presentarles sin mancha delante de su gloria con gran alegría (Jud. 24). ¡Esto es maravilloso!, ya que esto lleva a una tarea mucho mejor y a la vez alcanzable: disfrutar la vida eterna.
La vida eterna es el conocimiento de Dios, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, enviado para dar vida eterna (Pr. 2:5; Jn. 17:2,3).
Atendamos a esto como una constante de vida: “El que oye mi palabra, y cree al que me envió, tiene vida eterna; y no vendrá a condenación, mas ha pasado de muerte a vida” (Jn. 5:24).
Se hace una primera vez, se tiene que seguir haciendo para no deambular en los umbrales de la condenación y de la muerte, de los que fuimos sacados por Cristo, quien para esto fue enviado a morir en horrenda cruz (Jn. 3:14,19). El salmista escribe de su experiencia (Sal. 73).
Para una mente entendida, un corazón entendido (Pr. 15:14).
Cuando el enemigo busca causar estragos en el que vive en el temor de Dios, el corazón no puede actuar aliándose con el enemigo. Los testimonios contra el corazón y su naturaleza no tienen por qué volver a aparecer (Gn. 6:5; Jer. 17:9; Mt. 15:19; Lc. 16:15). Los ataques del enemigo tienden a que se a mire en pos del corazón (Nm. 15:39) y si este te incita a dejar al que ama tu alma, será un atentado a lo que has entendido en el temor de Dios, por eso, no dejes que se incline tu corazón a cosa mala, sino a la prudencia (Sal. 141:4; Pr. 2:2). Recuerda esto: “Como en el agua el rostro corresponde al rostro, así el corazón del hombre al del hombre” (Pr. 27:19), es decir, lo que seas o lo que hagas, el corazón lo determina.
Si tengo la mente de Cristo (1 Co. 2:16) y corazón que cree (Ro. 10:10), todo lo que haga deberá ser congruente con tal hecho, no se espera menos ni algo diferente.
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