"De la boca de los niños y de los que maman, fundaste la fortaleza" (Salmo 8:2).
¡Increíble pero cierto! Los tiernos, los inocentes, son tenidos por Dios como fortaleza.
Queremos empezar con esta expresión para admirarnos de lo que Dios, el Señor nuestro, aquel cuyo nombre es glorioso en toda la tierra, y de quien su gloria está puesta sobre los cielos, hace de los niños.
Contrastes entre ese Dios y la descendencia de los hombres, los hay. Los niños apenas y llegarán a ser "poco menor que los ángeles", lucirán una corona de gloria y de honra y se les llamará "señor", pero nada más, en cambio, el Dios nuestro: "¡Cuán grande es tu nombre en toda la tierra!" (Salmo 8).
No vamos a ocuparnos de los contrastes sino de la verdad con la que titulamos nuestro escrito.
El Evangelio de Mateo cita las palabras de David en aquella ocasión que "entró Jesús en el templo de Dios, y echó fuera a todos los que vendían y compraban en el templo, y volcó las mesas de los cambistas, y las sillas de los que vendían palomas"; aquella misma ocasión que también dijo: "Escrito está: Mi casa, casa de oración será llamada; mas vosotros la habéis hecho cueva de ladrones". En esa ocasión los niños aclamaban: "¡Hosanna al Hijo de David!" (Mt. 21:12-16).
El hombre fácilmente corrompe y contamina aquello donde Dios ha querido poner su Nombre, su casa. Desvirtúa lo que a él ha sido dedicado y ante esto, el Señor manifiesta el celo por lo suyo (Jn. 2:17). En el pasaje citado del Evangelio de Mateo, esto es muy evidente, pero también es muy evidente la presencia de unos niños. Ellos proclaman una verdad que a los oídos de los adultos causa indignación. Aquellos hombres que tenían en David a un glorioso antepasado, no eran capaces de entender que allí, frente a ellos estaba un verdadero descendiente de David, el más digno, el mejor. No así los niños, cuyas "casas", sus vidas, ajenas a todo prejuicio, corrupción y contaminación entendieron que aquel que entró montado en un pollino, hijo de asna, era el Hijo de David. Estamos seguros que de estos niños sólo podemos recordar sus hosannas y no lo que los hombres gritaron días después: ¡Crucifícale!
Los fundamentos de fortaleza de los niños fueron los hosannas que proclamaron al Salvador porque así reconocían que los venía a salvar (Mt. 18:10).
Es muy claro lo que son los niños para Dios, ¿podemos entenderlo los adultos? Falta de atención, descuido y hasta daños es lo que muchos niños sufren en este mundo. Dios nos lo demandará.
Bien debiera entender este mundo revuelto, corrupto e insensible, qué poca estima tiene para los niños: que la palabra de un niño es para confiarse, es para creerse, mucho más si a los niños se les instruye con la Palabra de Dios, sembrando esta en su corazón (Pr. 22:6).
Para todos los niños de esta tierra: ustedes no necesitan ni de Superman, ni del Hombre Araña, ni del Capitán América, ni ningún otro superhéroe de ficción; en Dios pueden ser poderosos, porque para él son: ¡Fundamentos de fortaleza!
¡Señor, bendice a los niños, hoy y siempre, y líbralos! Amén.
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