María era una señorita que estaba por contraer nupcias con José, su prometido. Ambos pertenecían a la casa de David. Así se decía de los que eran descendientes del rey David. Vivían en Nazaret de Galilea.
Cuando recibe la visita del ángel Gabriel, en su turbación, no alcanza a explicarse la presencia de aquel distinguido visitante que, aparte de saludarla y brindarle singular bendición, es portador de una noticia que para ella, en esos momentos, podía resultar en una tragedia, por su condición de soltera: vas a concebir en tu vientre y darás a luz un hijo, que tendrá por nombre Jesús. Tal hecho, continuó diciendo el ángel, sería así: "El Espíritu Santo vendrá sobre ti, y el poder del Altísimo te cubrirá con su sombra" (Lc. 1:35).
Hoy, muchos creemos que lo que para María era una noticia que la ponía en evidencia y hasta en riesgo de muerte, resultó ser la grata nueva para un mundo en tinieblas, un mundo al que Dios amó, de tal manera, que por eso enviaba a su Hijo Unigénito, para que todos los que en él creyeran, tuvieran vida eterna (Jn. 3:16).
Toda la desconfianza y temor de María se fueron desvaneciendo conforme el ángel le describía al Santo Ser que le nacería, por lo que, ante la elección de un Dios soberano y único, María expresa las palabras que la dignifican y la honran, como la mujer que ha entendido los designios de Dios y que los acepta como debe hacerlo todo aquel que se precie de tener a Dios como Señor. Transcribimos tales palabras para hacerle reflexionar, amable lector: "He aquí la sierva del Señor; hágase conmigo conforme a tu palabra".
Si muchísimos que dicen amar a María, aún más que a Aquel que nació en Belén, pudieran comprender estas palabras, ya hace tiempo que se hubieran arrepentido de su error y entendido la verdad de que María fue sólo la sierva que estaba dispuesta a que Dios hiciera de ella su instrumento para introducir a su Hijo en este mundo; porque eso fue María, un instrumento en las manos de Dios y no en lo que se convirtió: objeto de adoración y veneración. Pero prosigamos con la historia, ya que lo que viene a continuación refuerza lo expresado.
María tenía una parienta llamada Elizabet a quien fue a visitar a la montaña. Durante esa visita se suscitaron detalles hermosos por la manifestación del Espíritu Santo; las dos mujeres dijeron palabras que, entendidas en su cabal expresión y significado deberían traer luz al corazón y disipar el error. Estimado lector, transcribimos las palabras dichas por Elisabet para que las medite, reflexione y entienda: "¿Por qué se me concede esto a mí, que la madre de mi Señor venga a mí?" (Lc. 1:43). Fíjese bien en la expresión: Elizabet no dijo "mi madre", sino "la madre" (María) y observe también que dijo "mi Señor" (Jesús). ¿Entiende? Ahora lea parte de lo que María dijo: "Engrandece mi alma al Señor; y mi espíritu se regocija en Dios mi Salvador. Porque ha mirado la bajeza de su sierva; pues he aquí, desde ahora me dirán bienaventurada todas las generaciones. Porque me ha hecho grandes cosas el Poderoso; Santo es su nombre" (Lc. 1:46-49). El que lee, entienda.
Transcurrieron tres meses después de esto y los designios del Señor tuvieron un perfecto cumplimiento. Los profetas habían dicho que Belén sería el lugar donde nacería el Hijo de Dios, y es un edicto imperial de empadronamiento el que lleva a María y a José, de Nazaret a la ciudad de David, Belén, y allí, al cumplirse los días de su alumbramiento, María da a luz a su hijo primogénito, lo envuelve en pañales y lo acuesta en un pesebre, porque no hubo lugar para ellos en el mesón (Lc. 2:6). ¡La profecía se había cumplido!
Los sucesos posteriores a esto nos permiten ver a María como lo que es: una gran sierva del Señor que no toma para ella nada que fuera honra y honor para su Señor. De lo dicho por los pastores y de lo hecho por los magos: "María guardaba todas estas cosas, meditándolas en su corazón" (Lc. 2:19).
Palabras dichas directamente a María las expresa el anciano Simeón (Lc. 2:35) en una clara alusión al dolor que sentiría, años después, al contemplar a aquel hijo, ahora en sus brazos, clavado en la cruz, cumpliendo con el propósito que lo había traído a esta tierra.
Estimado lector, que lo escrito le lleve a entender que María, fue "la sierva del Señor".
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