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Detalles de la vida de este varón nos dan hermosas lecciones acerca de la fe que espera, forjando en el hombre virtudes que hacen manifiesta una vida en el Espíritu.
Revisemos esos detalles de la vida de nuestro personaje:
Era justo y piadoso.
Estas virtudes en Simeón las debemos entender en el contexto de sus acciones. La Biblia dice que “había en Jerusalén un hombre llamado Simeón, y este hombre, justo y piadoso, esperaba la consolación de Israel” (Lc. 2:25).
El Espíritu y la fe colocándolo en el lugar exacto, en el momento exacto, es como podemos resumir la vida de Simeón.
¿Cuántas veces, durante cuántos años caminó Simeón de su casa al templo, esperando cada ocasión que Dios le permitiera comprobar que su espera había terminado? No sabemos si esto fue así, lo que si sabemos es “que no vería la muerte antes que viese al Ungido del Señor” (Lc. 2:26).
La espera de Simeón no era la del patriota que sufre la situación por la que atraviesa la patria amada, era la de quien cree que lo que espera es “la consolación de Israel” (Lc. 2:25).
Más allá de cuánto pudiera consolar la liberación del yugo romano, cuando Simeón toma en sus brazos al Niño Jesús dice, sabiendo que tiene ante él al Ungido del Señor, que sus ojos han visto la salvación del Señor, ¡la espera ha terminado! Ese Niño que Simeón tenía en sus brazos era: a) la salvación preparada por el Señor, que no es otra cosa sino “Dios fue manifestado en carne” (1 Ti. 3:16); b) luz para revelación a los gentiles; “aquella luz verdadera, que alumbra a todo hombre, venía a este mundo” (Jn. 1:9) y, c) gloria de Israel, pero, “a lo suyo vino, y los suyos no le recibieron” (Jn. 1:11).
¿Cuántos días más vivió Simeón después de que por fin pudo ver el final de su espera? No lo sabemos, lo cierto es que sus palabras: “éste está puesto para caída y para levantamiento de muchos en Israel, y para señal que será contradicha” (Lc. 2:34) tuvieron un fiel cumplimiento y la consolación esperada para Israel fue en realidad piedra de tropiezo, y roca que lo hizo caer (1 P. 2:8).
El Espíritu Santo estaba sobre él
Vivir bajo la dirección del Espíritu sabiendo que hay un propósito del Señor es lo mejor que puede pasarle a uno en la vida. En Simeón, el momento de que se cumpliera el propósito de Dios había llegado y el Espíritu le movió para que aquel día viniera al templo.
El trayecto de su casa al templo debió ser diferente aquel día y, tal vez, emocionado, recorrió la distancia que lo separaba del templo, ¡Simeón estaba listo!
¿Imagina a Simeón, hastiado de la vida?, ¿impaciente por la espera?, ¿ansioso por descansar de esta vida? De ninguna manera, una vida en el Espíritu no tiene estas reacciones, sólo espera. Dios había hecho una promesa a Simeón, al cumplirse esta, sólo restaba la despedida en paz (Lc. 2:29), quedando demostrado una vez más, que Dios cumple lo que promete.
Estimado lector, Simeón no moriría hasta que se cumpliera lo que Dios había determinado para su vida. Él esperaba a Jesucristo, y él sabía muy bien por qué: Jesucristo venía a este mundo para ser consolación del desvalido y luz para el que vivía en la oscuridad de su pecado, ¿es Cristo consolación y luz para su vida? Usted, ¿qué espera en esta vida? v
Simeón era un anciano, como algo adicional, en este artículo le invitamos a pensar, amable lector, en la vejez.
Considerando que ya se encuentre en esa etapa de la vida, permítanos preguntarle: ¿Ha aprendido a contar los días de su vida de tal modo que ha vivido en la sabiduría que este ejercicio trae al corazón? Si aún no han llegado esos días, porque ahora es usted muy joven, o está en su edad madura, no espere a llegar a esa etapa de la vida para aprender y así saber, redimir el tiempo y, recuerde: los años siguen transcurriendo, ¡vívalos en la voluntad de Dios!
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