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Cuando se aproxima un evento de importancia, algo que se cuida hasta el mínimo detalle son los preparativos. El Señor Jesús deseaba comer la pascua con sus discípulos (Mateo 26:17) y sería un evento doblemente significativo: sería la última que celebraría antes de ascender al cielo, y sería la primera del nuevo pacto que recordaría su iglesia en esta tierra.
Poco antes (Mt. 21:12-17), quiso entrar al templo de Jerusalén: “la casa de mi Padre” la llamó él, y ¡qué tristeza! era una "cueva de ladrones". Decisión, energía, autoridad... y un látigo, fueron necesarios para poner ese "aposento" en orden; y según los relatos de los evangelistas, no fue la primera vez que esto tuvo que hacerse (Jn. 2:13-17).
Una historia del Antiguo Testamento (2 R. 4:8-17) ilustra la necesidad y la bendición de preparar un aposento para el Señor:
Una mujer de importancia en la región de Sunem, tal vez veía cómo entraban y salían de su hogar los huéspedes de su marido; sin embargo, ellos eran varones con posición social y vastos recursos, pero, entre los muchos viajeros que andaban por los caminos desérticos de Samaria se contaba un hombre diferente: era profeta y con sus milagros había probado que Dios hablaba por medio de él. “Cuando pasa por la ciudad, ¿dónde se hospeda?”, se preguntaba la mujer, y, movida por su corazón compasivo, solicitó de su marido permiso para hacerle un aposento sencillo donde el varón de Dios pudiera encontrar lo esencial para la comodidad de un viajero...
Una cama, para recuperar energías perdidas en el camino.
Un mesa, para poder compartir los alimentos.
Un silla, para descanso en el constante andar del peregrino.
Una lámpara, que le permitiría alargar el día de servicio.
Pero, de seguro usted se pregunta: Si he de preparar un aposento para Cristo, ¿necesita él todo esto?
Si bien él no lo pide, las lecciones que yo recibo al prepararlo son invaluables.
Una cama, le dice que espero que se quede; no viene sólo a darme un consejo, solucionarme un problema o simplemente estrecharme la mano: lo voy a invitar a quedarse conmigo ¡para siempre!
Una mesa, le dice que espero sentarme a comer con él, y que lo importante no son los alimentos, sino las charlas de los amigos que fortalecen la intimidad y profundizan las relaciones. Estoy buscando su comunión.
Una silla, le dice que lo veo como mi Maestro y que yo quiero sentarme a sus pies. Quiero que me enseñe, que me instruya y que me dirija. Busco de él sabiduría, conocimiento... perfección.
Una lámpara, le dice que estaré necesitándole a toda hora; que vendré a buscar un consejo, que le traeré al instante mis problemas y él podrá hablar conmigo con toda sinceridad. También le expresa que no podré esconderme tras las sombras; él sabrá todo lo que soy, lo que anhelo y lo que necesito.
Con el aposento preparado, ahora sí podré abrirle mi corazón; ahora sí cenaré yo con él y él conmigo (Ap. 3:20).
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