El ejemplo que tenemos en las Escrituras es el de Abel (Heb. 11:4) y su historia nos enseña que nuestras
acciones sólo producen dos efectos en Dios, es decir, le agradan o le desagradan (Gn. 4:4,5). La
conclusión obvia que de esto se deriva es que no hay puntos intermedios para Dios. ¡Él siempre es así y
que bueno le sería al hombre entenderlo!
Sin embargo, en lo que nos queremos ocupar es en aquello en lo que Abel entendió y que le hizo
ofrecer a Dios algo más excelente. De la misma historia deducimos que lo más excelente lo genera Dios
en nosotros (Fil. 2:13) por la actitud que tengamos hacia el pecado. ¿Cómo trata usted al pecado? Dios
le dijo a Caín: "Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el pecado está a la puerta"
(Gn. 4:7). En otras palabras, si haces bien, el pecado no invade la estancia de tu vida, se queda afuera,
en la puerta. La expresión si haces bien no tiene nada que ver con la intención humana, aquella que le
otorga bondad y que se traduce en caridad, es la aplicación a lo que está establecido por Dios. Abel hizo
bien por algo en lo que fue instruido, y se apegó a lo que Dios esperaba.
Creemos que en el hogar de Adán se enseñó mucho sobre sustitución y redención por sangre, cuando
recordaban las pieles con las que fueron vestidos.
El pecado está a la puerta, contrasto esta verdad a otra verdad dicha por Jesús: "He aquí yo estoy a la
puerta" (Ap. 3:20). ¡El pecado y Cristo a la puerta! El Cristo que está a la puerta tiene en sus manos las
marcas de las heridas que sufrió al morir por nuestros pecados en la cruz, para quitar la sentencia de
muerte, decretada sobre el hombre (Ro. 6:23), llevando él mismo nuestros pecados en su cuerpo sobre
el madero (1 P. 2:24). Por eso también esta escrito: "Al que no conoció pecado, por nosotros lo hizo
pecado, para que nosotros fuésemos hechos justicia de Dios en él (2 Co. 5:21). Para desgracia del
hombre, la puerta que se abre y a quien se le invita a entrar es al pecado, ¿y Cristo?, afuera del corazón
tocando, a ver cuándo el hombre se digna a invitarle a morar en él, algo que no quiere hacer. Prefiere la
vida de pecado y gusta del estilo de vida que el pecado le brinda, endureciéndose en su corazón, a
pesar de que sus pasos lo llevan a la perdición.
El hombre, creado inicialmente "para alabanza de la gloria de su gracia" (Ef. 1:6), está empeñados en
una vida cuya característica principal es el pecado; la imagen de Dios con la que fue creado, se ha
esfumado. El hombre no funciona para lo que fue creado. Sabemos que la abeja fabrica miel, ¿cuándo
hemos sabido que ahora fabrica seda? Funciona en aquello para lo cual la crearon, el hombre no. En
resumen, no hace lo que debería hacer, que es creer en Cristo, para que sea posible la vida excelente
que pudiera traer al Señor.
Concluyamos, lo que usted tiene para ofrecer a Dios es su vida, pero si en su vida no mora Cristo, no
hay forma de cómo pueda usted agradar a Dios ni mucho menos ofrecerle algo excelente. Nuestro
deseo y a eso le animamos, es que crea en Jesucristo (Ro. 10:9, 10, 13, 17), sólo la vida así, es agradable
a Dios y es la única manera posible de ofrecer lo excelente (1P. 2:5; Ro. 12:1)).
La manera como usted vea el pecado va a ser determinante. ¿Lo entiende así?
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