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El nacimiento. |
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El nacimiento es una maravilla, es un milagro, es una bendición, y ¡claro que es una razón justificada para gozarse! Cuando sucede, todo lo complejo que es la vida, la cual sólo Dios, que es su Creador la puede dar, se desarrolla en el niño o niña que nace. En tal momento no se trata de entender lo complejo; no se puede, al corazón sólo lo embarga un profundo e inmenso amor. En el Evangelio según San Juan, en el capítulo 3, hay un relato acerca de un hombre que cierta noche buscó al Maestro, su nombre era Nicodemo. El Señor Jesús le planteó a este hombre que para ir al cielo tenía que nacer otra vez. Tal planteamiento asombró al hombre, ya que como él mismo dijo, era viejo. El Señor Jesús le aclara que era nacer en el Espíritu y que, para que esto fuera posible, Cristo tenía que morir en una cruz para que así, todo aquel que naciera de nuevo, tuviera vida eterna. Nótese el contraste; en un evento natural como el nacimiento biológico, la reacción normal es de gozo, de alegría; sin embargo, en el otro nacimiento, para ir al cielo, la reacción es de impotencia, incredulidad e ignorancia. ¿Qué hay en el entendimiento humano que no cree las cosas celestiales? ¿Cómo ha reaccionado usted cuando ha tenido lugar en su familia el feliz acontecimiento del nacimiento de un hijo, hija, nieto o nieta? El Sr. Jesús dijo que hay gozo en los cielos por un pecador que se arrepiente.
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