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Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos verán a Dios (Mateo 5:8).
En verdad que las enseñanzas del Señor Jesucristo contienen demandas de altísimo nivel, ¿por qué no dijo: bienaventurados los de corazón limpio…? , ¡ no es lo mismo!; en la expresión “limpio corazón” el adjetivo precede al sustantivo formando una unidad de pensamiento con éste, expresando una cualidad que se piensa como propia del sustantivo, es decir, la calidad está siempre implícita en el sustantivo, como ocurre en los siguientes casos: la blanca nieve, dulce azúcar, etc. El Señor quiso decir entonces que para ver a Dios, la calidad de limpio siempre debe estar en el corazón, ¿es esto posible? Lo que es imposible para los hombres, es posible para Dios, y porque nada hay imposible para Dios, aceptemos entonces que si es posible.
Enfrentemos el problema del corazón: Dios en la Biblia declara enfáticamente esto de los hombres: “todo designio de los pensamientos del corazón de ellos era de continuo solamente el mal”, y ratifica esto por medio de uno de sus profetas: “Engañoso es el corazón más que todas las cosas, y perverso” (Jeremías 17:9); el diagnóstico sería desolador, desesperante y desconsolador y así permanecería si el mismo Dios no fuera la solución a tan grave problema. ¡Dios, y solamente él, conoce el corazón del hombre! ¡Cómo concuerda tan maravillosamente esto con las enseñanzas del Señor Jesús! Si por Dios tengo un limpio corazón, entonces le veré.
Pasemos ahora al asunto de la limpieza del corazón, la cual sólo la puede llevar a cabo quien conoce y califica acertadamente la problemática humana. Los pensamientos del hombre o los propósitos de su entendimiento, aceptados por su voluntad, son de una clara y abierta inclinación al mal, de ahí que nadie, absolutamente nadie, puede decir: “Yo he limpiado mi corazón”, esto sólo lo puede hacer Dios, y el hombre debe dar a él todo el crédito, ya que Dios formó su corazón.
Concretemos, el hombre debe reconocer que es necio, y debe dejar de argumentar en la necedad de su corazón que no hay Dios; debe atender la demanda de su Creador y dar su corazón; debe permitir que Dios debilite la fuerza de sus razones o argumentos y eleve de manera constante, el ruego sincero: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio”.
Algo más que decir acerca de la limpieza; la Palabra de Dios limpia, pero si antes no hemos venido a Cristo para que él nos limpie de nuestros pecados con su preciosa sangre, en vano resultará cualquier intento de limpieza, pues aunque me lave con lejía y amontone jabón sobre mí, todos mis pecados están delante del Señor.
Con razón, sólo los que hagan esto y tengan así, un limpio corazón, verán a Dios.
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