“Atráeme; en pos de ti correremos.
El rey me ha metido en sus cámaras;
Nos gozaremos y alegraremos en ti;
Nos acordaremos de tus amores más que del vino;
Con razón te aman” (Cantares 1:4).
La atracción mutua que debe haber entre los esposos es algo en lo que tendrán que esmerarse los dos. No piense sólo en cosméticos o en los resultados logrados por el ejercicio.
¿Cuánto de lo que les atrajo uno del otro se ha cuidado con esmero?
Teniendo en cuenta que la belleza y la fortaleza externa terminan marchitándose o acabándose a pesar de los esfuerzos por impedirlo, esto no deberá ser la base principal de la atracción. Procúrense virtudes que perduren. Esto evitará habitaciones en silencio, de donde el gozo y la alegría se han ahuyentado, porque el principal atractivo se ha extinguido.
¿No será más atractivo el esposo cuya conversación embeleza a la esposa, porque esta gira en torno a las experiencias tenidas con el Señor, en quien ha encontrado su real fortaleza y ha puesto toda su confianza; o la esposa que haya seguridad en lo que su esposo vive, ya que hace suyas las mismas experiencias, que le ayudan a hacer con alegría su labor y a atender con esperanza el deber hacia los hijos? (Sal. 45:1).
Pensemos ahora en nuestra relación con Cristo:
El versículo dice: “Atráeme”, esta es una experiencia que ya ocurrió una primera vez, cuando volvimos nuestros ojos a la cruz del Calvario; allí se cumplieron las palabras del Señor cuando dijo: “Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo... dando a entender de qué muerte iba a morir” (Jn. 12:32,33). ¿Ya pasó usted por esta experiencia? No puede permanecer indiferente ante la hermosura que emana del Cristo crucificado.
La experiencia anterior requiere cultivarse, hacerse más madura; por eso se convierte en una carrera, la cual deberá correrse poniendo todo el esfuerzo y creyendo que el Señor, en su fidelidad, habrá de sostenernos. La carrera debe correrse considerando: que hay quienes nos observan y que seguramente se han de preguntar en la motivación; que debo correrla ligero para hacerla atractiva a otros que quieran correr de la misma manera y por último, que la condición física es la paciencia y Cristo la meta y por lo tanto no la debo abandonar (Heb.12:1,2).
Nuestras “cámaras”, el lugar más íntimo en dónde hallamos gozo y alegría, no puede ser otro sino el de cada primer día de la semana cuando nos reunimos con nuestro Señor alrededor del pan y de la copa, después de haber corrido durante la semana la “etapa” de nuestra carrera. Allí nos hemos de comunicar dulcemente los secretos.
Secretos que resumen nuestro amor por el Señor, pero también reafirman nuestro compromiso.
Tenemos razones suficientes para amar a nuestro Señor, ¿lo notan los demás?
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