Interfuerza

REFLEXIONES 2009


HERMOSO… Y DULCE



“He aquí que tú eres hermoso, amado mío, y dulce; nuestro lecho es de flores” (Cantares 1:16).


Agradable a sus ojos y a su corazón. Alcanzar esta doble experiencia ante nuestra esposa es evidencia de la felicidad hallada en el matrimonio, sin embargo, tengamos presente que, más que apariencia física, lo que va a motivar esto, es lo que se ha venido formando en nosotros al portarnos varonilmente, haciendo todas nuestras cosas con amor (1 Co.16:13), a lo que agregaríamos, ser conforme al corazón del Señor (1 S. 13:14).
Portarse varonilmente es una conducta que procede de ser congruentes con el hecho de “ser fortalecidos con poder en el hombre interior por su Espíritu” (Ef. 3:16). Esta fortaleza, obtenida “en el Señor y en el poder de su fuerza” (Ef. 6:10), al aplicarse a toda acción, dará a nuestra esposa esa concepción de nosotros. Indudablemente algo deseable en todo matrimonio, ¿lo es en el suyo? ¡Seamos valientes!

Meditemos ahora en nuestro amado Salvador, haciendo nuestras las palabras de la esposa que abre su corazón y deja que salgan de él palabras de elogio y sentimientos sinceros, producto de una relación de amor; realidad que se expresa en convicción (Jn. 21:17). Hagamos este ejercicio de manera constante; porque bien lo merece nuestro Señor y porque ayuda a nuestra necesidad que tenemos de adorarlo y bendecirlo (Jn. 6:68).

Cristo, nuestro amado, es hermoso y dulce, y lo es porque en él concurre toda perfección en hecho y en palabra. Su vida en este mundo, en toda pureza y santidad, llevó a la gente que dijera que no había otro igual a él (Jn. 7:46); los que hoy le amamos, afirmamos que no lo ha habido ni lo habrá, a pesar de que muchos hombres, en su necedad, no lo quieren reconocer así; fue impecable al responder a los grupos importantes de la época y en su trato con todos aquellos que le buscaron, los que sin duda alguna, encontraron respuesta a su necesidad e inquietud; hoy en día también afirmamos que Cristo es toda verdad, y que la vida desorientada del hombre, sólo puede encontrar en él, el rumbo que requiere para alcanzar la felicidad, no sólo en esta vida sino también en la venidera (Jn. 14:6); fue sencillo en su exposición, pero profundo en su demanda, de tal manera que quienes pretendieron seguirlo, debían hacerlo con firmes convicciones, en plena certidumbre de fe, para que después no decidieran dar marcha atrás (Lc. 9:57-62).

Sin embargo, al pensar en la hermosura del Señor y en su dulzura, no podemos dejar de preferir el cuadro de la cruz, aunque el profeta Isaías nos diga, al describirlo como el “Siervo Sufriente”, que “no hay parecer en él ni hermosura” (Is. 53:2); cuando es precisamente ésto lo que nos cautivó, al verlo con todo el atractivo de su amor, cuando desde la cruz nos llamó, invitando a conmovernos por el dolor que sufría por nosotros (Lm. 1:12).
Una vida en pureza y santidad es belleza, y así fue la vida del Señor. ¡Cuánto más su actitud ante el dolor y el menosprecio! Si de sus palabras brotaba gracia y virtud, ¿qué se puede decir de la gracia y virtud que manó de su herida, cuya fuente inagotable de salud es vida al pecador. ¡Hermosura sin igual e incomparable, es la dulzura que de sus labios brotó, cuando imploró a su Padre el perdón para nosotros, porque para él, no sabíamos lo que hacíamos!

¿Es tal nuestra relación con el Señor, tan sólida y madura que ya perciben nuestros ojos y nuestro corazón que él es “el más hermoso” (Sal.45:2)?
Esto sólo lo experimentamos al rodear la Mesa del Señor dónde él es el centro de nuestra adoración.

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