Interfuerza

REFLEXIONES 2009


MANOJITO DE MIRRA



“Mi amado es para mí un manojito de mirra, que reposa entre mis pechos” (Cantares 1:13).


Estar entre los brazos de nuestra esposa siempre será algo agradable y placentero. Nos sentimos amados y queridos por la mujer que el Señor nos dio por compañera. Ella también se complace y disfruta de esos momentos, los que considera gratos, porque somos para ella el suave perfume que llena de aroma su vida, la cual es feliz a nuestro lado.
Deseamos escucharle decir que es feliz a nuestro lado. ¿Hacemos lo que nos corresponde para que lo sea?

Al pensar en el Señor con nosotros, su iglesia, y a la vez visualizar el cuadro de Salomón y la sulamita, tenemos que llegar a expresar de manera igual o mejor, todo el amor que le tenemos a nuestro Salvador y lo que él es para nosotros. Pensemos en algunas razones que nos motiven a que esto sea así.

“Fieles son las heridas del que ama” (Pr. 27:6)
El Señor Jesucristo, al sufrir las fieles heridas de su amor por nosotros, viene a ser el único que merece que le entreguemos nuestro más profundo y sincero amor; no hay nadie más que sea digno de merecerlo, por eso es “mi amado”, no en el sentido de pertenencia, sino en que ahora hemos apartado nuestro corazón de otros “amores” para que él sea el único.
Las heridas de los clavos en sus manos y pies; las que le causaron las punzantes espinas que coronaron su cabeza; las que sufrió en su espalda por el golpe inmisericorde del verdugo cruel, quien cuarenta veces menos una blandió el látigo y azotó al que nos amó de tal manera y la espada que traspasó su costado y por cuya herida se constató su muerte completa y cierta, muerte que a nosotros nos dio vida, son, ¡sus heridas fieles!, heridas que están en perfecta proporción al amor que tuvo por usted y por mí.

“Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados” (Is. 53:5).
La mirra que le fue presentada al niño Jesús por los magos, fue molida en la cruz y de allí se desprendió el exquisito olor que el creyente debe llevar a todas partes de su vida
, cual el “manojito de mirra” que las mujeres orientales acostumbraban poner entre sus pechos, para perfumar sus vestidos. ¡Cuánta gracia emana de nuestro Señor! La iglesia tiene en Cristo el más excelente de los aromas que hace que de la vida de cada redimido se perciba grato olor.
“Coraza de fe y de amor” (1 Ts. 5:8)
Nuestro Salvador es mirra fragante en nuestro corazón. Al recordar su sacrificio perfecto en la cruz muriendo por nuestros pecados, lo cual es prueba de su gran amor, nos debe llevar a disponer el corazón para que allí habite la fe y el amor.

Fe y amor deben ser la respuesta que nuestro corazón dé al Salvador.

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