“Mientras el rey estaba en su reclinatorio, mi nardo dio su olor” (Cantares 1:12).
El olor de una alcoba, el íntimo lugar de unos esposos, no será el que despidan las rosas puestas en un jarrón como el escenario de un recinto de amor, tampoco lo será el olor de las suaves fragancias que se suelan usar para atraerse el uno al otro. Sin que deje de ser válido lo anterior, pensemos en el aroma que se desprende de dos seres que se unieron en el Señor, que lo hicieron en su voluntad, en la pureza de sus cuerpos, amando, primeramente al Señor, con el mismo grado de entrega y compromiso y los mismos deseos de servicio. El amor que ambos se han de prodigar estará acorde con esas vidas cuidadas para honra de Dios, y hará que esa unión dé valor y realce al matrimonio, algo que hoy en día está siendo menospreciado. ¡Cuánto sufrimiento espera a los que hacen todo lo contrario y anteponen a la voluntad del Señor su propia voluntad! ¿Qué olor se desprenderá de sus alcobas?
Que su esposa huela “espiritualmente rico”, es algo para disfrutarse. Sea usted, en el Señor, quien lo motive. Provoque, con una vida enteramente dedicada y comprometida al Señor, que el nardo de su esposa dé su olor.
Al pensar como la iglesia del Señor debemos referirnos necesariamente al momento cuando nos reunimos para hacer memoria de nuestro Salvador. Allí es el mejor lugar y el inmejorable momento para que nuestra adoración sea la libra de nardo puro que hace que todo se llene del grato olor que nuestro Rey percibe y del cual se agrada, porque lo hacemos en espíritu y en verdad, porque nos derramamos en gratitud sincera para expresarle nuestro amor. Cuando se desprende de nuestra alma y espíritu ese grato olor y cuando todo a nuestro alrededor pierde sentido y deja de tener significado porque sólo él llena nuestra mirada, porque sólo él mueve nuestros sentimientos, los que se producen en el corazón y que se hacen manifiestos a través de la meditación de nuestras palabras y pensamientos o de una lágrima. ¡Allí, con mi Rey, mi nardo da su olor!
Pensando en algo más, recordemos que el Señor Jesucristo declaró estando en esta tierra que él no tuvo “dónde recostar su cabeza” (Mateo 8:18), esto podríamos llamarlo la antítesis del verso escrito por Salomón. Mientras mi Rey no tuvo dónde recostar la cabeza, yo quiero en este mundo, toda la comodidad posible y que toda mi problemática y compromisos de la vida estén resueltos para seguirlo. ¡Qué desconsiderado y qué ingrato! En la esfera de servicio y entrega, nuestro Señor es el ejemplo supremo, pues nunca antepuso su necesidad a las necesidades de los demás; el apóstol Pedro llegó a entender muy bien esto, por eso dice que él nos dejó ejemplo, para seguir sus pisadas; si esto es claro en la vida de nuestro Salvador, entendamos la antítesis como una excelente motivación para ir en pos de nuestro Señor, imitando su ejemplo. Hacerlo nos ayudará a percibirle mejor en su reclinatorio y ¡nuestro nardo dará su olor!
Meditemos en el reclinatorio de la cruz y en el reclinatorio que no tuvo nuestro Salvador, al mirar nuestra vida de adoración y, la actitud que tenemos al seguirle para que esto nos motive a una vida de servicio que se va a producir, por seguirlo resueltamente.
¡Que esto sea una constante en su vida!
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