Interfuerza

REFLEXIONES 2009


ORO Y PLATA



“Zarcillos de oro te haremos, tachonados de plata” (Cantares 1:11).


Obsequiar a nuestra esposa oro o plata (relojes, pulseras, cadenas, aretes, anillos etc.) está bien hacerlo en la medida de nuestra capacidad económica pero, ¿qué mensaje enviamos cuando nos presentamos ante ella con un obsequio de esta naturaleza? Si deseamos qué vea con que clase de “magnate” está casada, menospreciamos su persona; si es para alentar su vanidad, la perjudicamos. Que no sea ni lo uno ni lo otro.
Sería magnífico que, antes de hacer tales obsequios, se pensara en los hermanos que padecen necesidad y se reflexionara en la ofrenda que depositamos domingo a domingo. Después de hacer esto y si hemos obrado bien, habrá integridad en nuestras intenciones y podremos expresarle a nuestra esposa que aquello que hemos comprado, lo hemos hecho de lo que el Señor ha prosperado, pensando en ella, que es para que lo luzca, que es parte del patrimonio familiar y que, esto debiera hacerse en la práctica, más que oro o plata terrenal, búsquese ante el Señor, aquel oro o plata que permanezca, edificado sobre el fundamento puesto y que mira hacia el tribunal de Cristo (1 Co. 3:12). ¿Será que pensamos que estas cosas no entran dentro de lo que está previsto en Colosenses 3:17?

Pensemos ahora en la iglesia, la esposa de Cristo.
Los creyentes fuimos rescatados de nuestra vana manera de vivir, no con cosas corruptibles, como oro o plata (1 P. 1:18), de ahí que descártese cualquier precio de esta naturaleza que se pudiera haber pagado por nuestra redención. Estas divisas que son muy estimadas por su alto valor, no fueron usadas a favor del hombre, ni tampoco Dios las demandó, porque no había cantidad que alcanzara para tal fin. Con razón el salmista dice de los que confían en las riquezas que “ninguno… podrá en manera alguna redimir… ni dar a Dios… rescate, porque la redención… es de gran precio” (Sal. 49:7,8). Fue su sangre preciosa, derramada en la cruz la que logró tan ansiada redención. Pero entonces, ¿dónde vemos oro y plata en la iglesia?
El apóstol Pablo se refiere a esto en relación a lo que va edificándose sobre el fundamento puesto, el cual es Jesucristo y lo equipara a la obra de cada uno (1 Co. 3:12,13). Sin embargo, tales obras son las que Dios preparo de antemano para que anduviésemos en ellas (Ef. 2.10), y podríamos agregar que esto es así, porque Dios produce tanto el querer como el hacer por su buena voluntad (Fil. 2:13).
La característica “oro”, en las obras, viene del hecho de que estas obras honran a Dios, son hechas en su nombre, debiéndolas hacer en fe, la cual también se dice de ella, es mucha más preciosa que el oro (1 P. 1:7). A su vez, la característica “plata” son de las obras que honran a Cristo y se hacen sobre la base de su justicia, no la nuestra, ya sabemos que éstas son como trapos de inmundicia (Is. 64:6).
Pablo también se refiere a esto al designar instrumentos como hechos de estos metales en el uso que hará el Señor de tales instrumentos, uso que podrá ser honroso o vil (2 Ti. 2:20). Esto último no es menosprecio, ya que lo importante es que estemos siendo usados.
El Señor ve cómo hacemos sus obras. Seamos entonces instrumento para honra, santificados, útiles al Señor, y dispuestos para toda buena obra (2 Ti. 2:21).
Es en este sentido que la Iglesia tendrá “zarcillos de oro… tachonados de plata”.

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