“Racimo de flores de alheña en las viñas de En-gadi es para mí mi amado” (Cantares 1:14).
Las mujeres de occidente no dicen de sus esposos palabras semejantes ni algo parecido, sería considerado poco varonil, es más común que se refieran a sus rasgos físicos, que al fin y al cabo fue algo de lo que les atrajo, aunque no dudamos que también elogian los talentos y dones con los que el Señor los haya bendecido, además de su sabiduría, inteligencia, decencia, educación y buenos modales. No saben cuánto bien nos hace escuchar de nuestras esposas, palabras que nos demuestran que somos amados y que bien nos hacen sentir. ¡Háganlo siempre!
Al meditar como creyentes en aquel que es nuestro Amado, estas palabras adquieren otra dimensión, porque describen a nuestro Señor, y si pensamos en ese cúmulo de virtudes, que cual racimo de flores, distinguía la vida del Señor: “Santo, inocente, sin mancha, apartado de los pecadores, y hecho más sublime que los cielos” (Hebreos 7:26), pensemos entonces en todo lo que refleja el carácter y la vida que nos es conveniente y que, cual hermosas flores, despiden su aroma en la iglesia, su misma viña. El momento para tal ejercicio tiene que ser, necesariamente, alrededor de una mesa, donde estén un pan y una copa de vino, pero más importante aún, donde está nuestro Señor y nosotros con él, con nuestro Amado, haciendo que ese momento sea en su memoria. Aunque también, no lo olvidemos, tenemos la responsabilidad de llevar en nuestras vidas el mismo aroma del Señor, por lo que, como su viña, debemos estar a tono con su vida, la cual nos inunda de su exquisitez y excelsitud y llena de deleite nuestra vida.
Con razón el apóstol Pedro declara que una de nuestras tareas es anunciar precisamente esas virtudes, porque fuimos llamados de las tinieblas a luz admirable (1 P. 2:9).
Se esperan buenos frutos de nosotros, dulces, abundante y a su tiempo, producto de una vida que lleva impregnado el aroma del Amado.
Las hojas de alheña, molidas, sirven como tinte natural para el pelo y pone a este de color rojizo, además, en algunas culturas, se utiliza como ornamento nupcial. Pensemos en que al haber sido limpios por la sangre de Cristo, esta es la gloria de la iglesia que un día se desposará con su Amado en las bodas del Cordero.
La iglesia tiene a su Amado y en él está completa, es su Cabeza, pensando en esto no debe olvidarse que la viña tiene en las flores su complemento, así la iglesia necesita de Cristo.
La iglesia es un campo en el que los frutos que se den, llenarán de alegría, pero esta alegría no será nada sin el toque suave y delicado de la vida del Señor en cada uno de nosotros.
Nuestra vida tiene que ser agradable al Señor y no hay razón para que no lo sea. Si prácticamente la vida de Cristo hace de la nuestra un jardín, ¿cómo no disfrutar de nuestro Amado que es nuestra delicia?, y si esto es así, ¿cómo no andar en santa y piadosa manera de vivir (2 P. 3:11), haciendo de esto nuestro compromiso, después de estar con el Señor, rodeando su mesa?
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