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“SIGUE LAS HUELLAS DEL REBAÑO
Si tú no lo sabes, oh hermosa entre las mujeres,
ve, sigue las huellas del rebaño,
y apacienta tus cabritas junto a las cabañas de los pastores” (Cantares 1:8).

 

Reflexión
 

Se le dice a la esposa que es hermosa entre las mujeres y que apaciente sus cabritas… La belleza  de la esposa no se opaca ni se maltrata con el trabajo cuando éste está motivado por el amor y se realiza con el deseo de agradar; al contrario, tenemos que decir que sus rasgos hermosos se acentúan cuando invierte su energía en el hogar porque, ¿quién podría no ver hermosa a  la mujer de Proverbios 31, con toda la magnifica labor que realiza?
Esto es, definitivamente, parte del  bien que se halla cuando se halla esposa (Pr. 18:22); allí se comprueba cuando no es  engañosa la gracia, ni vana la hermosura de la mujer. (Pr. 31:30). Agradezcamos a nuestro Dios la esposa que nos ha dado, aquella que  “considera los caminos de su casa” por medio del trabajo que allí desarrolla, pero también sea ésta la razón  para que nuestro corazón esté en ella confiado, haciéndole sentir su valía, elogiándola.

Al pensar en nosotros como la iglesia, la cual  es  hermosa para su Señor, se debe tener claro el deseo de querer estar con él para disfrutar de su presencia y de todo el  amor que tiene hacia los creyentes, para que, al  atender  el consejo que se le da a la sulamita, se haga con la misma  determinación de ella,  forjada por el amor de aquel que nos amó primero, y porque sabemos que al llegar al final de las huellas del rebaño nos encontraremos con nuestro Amado.
El creyente, al seguir “las huellas del rebaño”, sigue en primer lugar a su Pastor, que es Cristo (Jn. 10:1), que nos dejó ejemplo para  seguir sus pisadas, pero sigue también a aquellos que de la misma manera, van dejando las huellas de sus firmes pisadas,  pasos dados por fe  que distinguen su digno andar y que, señalan más claramente el camino (Éx. 18:17-20; Ro. 4:12; Ef.  4:1; Fil. 3:17).
 Por esto no debemos entretenernos con “todo lo que hay en el mundo”, pues “los deseos de la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida, no proviene del Padre, sino del mundo. Y el mundo pasa, y sus deseos”. Debemos más bien hacer la voluntad de Dios si queremos permanecer para siempre (1Jn. 2:15-17).
 No debemos ocuparnos en nada que no tenga que ver con la vocación a la que fuimos llamados, sino que,  mirando esa vocación,  tenemos que mantener firme, sin fluctuar, la profesión de nuestra esperanza (1 Co. 1:26; Heb. 10:23).
 No debemos  mirar atrás, ya que “ninguno que poniendo su mano en el arado mira hacia atrás, es apto para el reino de Dios” (Lc. 9:62)   y si el Señor nos hizo “aptos para participar de la herencia de los santos en luz” (Col. 1:12), tomemos firme el arado y andemos, haciéndolo  con la confianza que tenemos en Cristo, no creyéndonos competentes por nosotros mismos, sino como aquellos que aceptan que su competencia proviene de Dios (2 Co. 3:5)  
Descuidar todo lo anterior sería olvidar que somos extranjeros y peregrinos y que vamos siguiendo las huellas del rebaño; realidad que nos conmina a considerarnos unos a otros,  a estimularnos al amor y a las buenas obras y a no dejar de congregarnos, como algunos tienen por costumbre, sobre todo, porque aquel día se acerca (Heb. 10:24, 25).
Y usted, ¿cómo sigue las huellas del rebaño?

 

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