Interfuerza

REFLEXIONES 2009


TÚ ERES HERMOSA,… ERES BELLA



He aquí que tú eres hermosa, amiga mía; he aquí eres bella; tus ojos son como palomas (Cantares 1:15).


¡“Hermosa” y “bella”! ¿Qué de nuestra esposa nos haría expresar esto? Además de otras muchas de sus cualidades, es su mirada, ¡lo que nos dice con sus ojos! , ya que a través de ellos se refleja la sencillez de su alma y de su espíritu. ¡Qué elegancia! Para el espíritu, una vida así, es hermosa y bella y es que en los ojos se percibe, tanto serenidad como fuerza, que le dan un toque de delicadeza especial. Esto lo muestra al actuar, ya que imprimirá a éste la cualidad de la limpieza y gracia de Dios con la que se conduce en el mundo, y mucho más con nosotros (2 Co. 1:12). Nunca viviremos nosotros, la amarga experiencia de que la tierna y delicada nos mire con malos ojos (Dt. 28:56), si las amamos y les damos el trato de honra como a vaso más frágil (Ef. 5:25; 1 P. 3:7).

Al pensar en nosotros como la iglesia, el Señor diría esto por la forma como en esta vida le miramos, y en general, cómo miramos la vida con nuestros ojos.
No pasemos desapercibido que él también nos mira y que sus ojos captan belleza en nosotros.

Mirar al Señor
Para mirar al Señor, debemos quitar nuestros ojos de todo, a fin de que no pueda encontrar en nada, una opción que seguir. La pregunta de Pedro: “¿A quién iremos?” (Jn. 6:68) la contestamos momento a momento, si no apartamos nuestra mirada del Señor, sometiendo los deseos de los ojos que buscan no hacer la voluntad de Dios, mirando lo de este mundo en que vivimos y que, no lo olvidemos, ¡nos aborrece! (Jn. 15:18; 1 Jn. 2:16).
Ahora bien, es cierto que ahora vemos por espejo, oscuramente, lo cual habla de nuestro imperfecto conocimiento de las cosas, lo que no debe ser pretexto, ya que tenemos otro espejo, el de la gloria del Señor, donde miramos a cara descubierta, produciéndose en nosotros una transformación de gloria en gloria en su misma imagen (1 Co. 13:12; 2 Co. 3:18).
Que nuestro testimonio sea, en una constante de vida y después de todas nuestras experiencias, cuales éstas sean, vividas por y en el Señor: “Mas ahora mis ojos te ven” (Job 42:5)

Cómo miramos la vida
Aquí nos quedamos con el deseo, más que condición del llamado el Dídimo, pero dándolo como un hecho, es decir, que nosotros miramos la vida con el efecto que produce haber mirado por la fe, la señal de los clavos en las manos del Señor, haber metido nuestro dedo en el lugar de los clavos y nuestra mano en su costado, porque creímos en él, aunque al fin y al cabo, toda nuestra fe se resume en Cristo, y éste crucificado, de tal manera que no sólo decimos; ¡Señor mío y Dios mío!, sino que, como también hemos muerto y resucitado con él, buscamos las cosas de arriba, no las de la tierra, puestos nuestros ojos en el autor y consumador de nuestra fe (Jn. 20:24-29; Col. 3:1,2; Heb. 12: 2).
Si así miramos al Señor y así miramos la vida, él, al mirarnos captará belleza en nosotros.

Una reflexión final: comencemos a mirarle a él como lo haremos cuando se manifieste en gloria, cuando le veremos tal como él es (1 Jn. 3:2).

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