“A yegua de los carros de Faraón
Te he comparado, amiga mía” (Cantares 1:9).
Salomón halaga a su amada, comparándola con la yegua de los carros de Faraón, pero es claro que no es la apariencia física la que se compara, sino sus virtudes. Al halagar a nuestra esposa por su prestancia, belleza, gracia, hermosura o nobleza es decirle que por tales cualidades nos es tan agradable, que éstas le hacen tener una distinción superior y, que es tal el impacto que nos causa, que no hay para nosotros nada más hermoso que ella. Su “conducta” y el “atavío interno, el del corazón”, son su “incorruptible ornato” que la presenta ante nuestros ojos “afable y apacible”, lo cual, si esto es “de grande estima delante de Dios”, también lo es para nosotros (1 P. 3:3,4).
La cita bíblica, tema de esta reflexión, nos lleva a pensar en gracia, hermosura y nobleza, pero además, en algo que era considerado lo mejor, digno del monarca de Egipto.
En relación a la iglesia, estas características se pueden apreciar en su andar. Sobresale singularmente, indudablemente por la presencia de aquel que es mayor que Salomón, cuya imagen porta cada uno de sus redimidos y por el encomiable propósito de presentarse perfecto en él (Col. 1:28).
En su andar, la iglesia manifiesta la gracia de Dios que es recibida para obedecer a la fe (Ro. 1:5,6), a través de la cual tenemos justificación gratuita (Ro. 3:24) y también entrada por la fe, en la cual estamos firmes (Ro. 5:2). Los que nos ven deben darse cuenta de nuestra obediencia y seguridad de nuestra fe.
La iglesia es hermosa, pues somos hechos a la imagen de nuestro Salvador (Ro.8:29); somos transformados de gloria en gloria en su misma imagen (2 Co. 3:18); somos hombres nuevos, los que conforme a la imagen del que nos creó, nos vamos renovando hasta el conocimiento pleno (Col. 3:10). Ante nuestros semejantes debemos cuidar esta imagen y portarla dignamente.
La nobleza de la iglesia estriba en que al estar constituida por todos aquellos a los que Dios añadió, se puede decir con toda seguridad que son gente “bien nacida” (1 Co. 1:26-31). Asumamos la responsabilidad de mostrar con nuestra vida que en verdad “las cosas viejas pasaron” (2 C. 5:17).
Por último, si la iglesia es lo mejor y no hay nada en este mundo que sea de su misma distinción, es por su Salvador, pues él, en el acto de darse a sí mismo para redimirnos de toda iniquidad y purificar para sí un pueblo propio, ha hecho de nosotros un linaje escogido, un real sacerdocio, una nación santa (Tit. 2.14; 1 P. 2:9).
“Por tanto, al Rey de los siglos, inmortal, invisible, al único y sabio Dios, sea honor y gloria por los siglos de los siglos. Amén” (1 Ti. 1:17).
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