"Como el lirio entre los espinos, así es mi amiga entre las doncellas " (Cantares 2:2).
¿Hogar, dulce hogar?, o ¡Mi casa es un infierno! No es lo mismo que en la casa esté una bella flor, delicada y tierna llevando a cuestas, en buena medida, la carga del hogar que, al igual que las espinas, produce aflicción, no sólo por lo rudo del trabajo propio de un hogar, sino por las preocupaciones que se agregan al trabajo, mismo que no termina sino hasta muy avanzada la noche e inicia cuando muchas veces ni siquiera ha amanecido y que a esta flor se le trate con toda delicadeza y consideración; viviendo con ella sabiamente, dándole honor como a vaso más frágil, y como a coheredera de la gracia de la vida (1 P. 3:7), a que no se le honre, o peor aún, se le denigre, convirtiendo esa espinas en violencia encarnizada de todo tipo, hasta dejar la delicada flor, ajada y marchita.
Amigo lector, si ya su esposa es como un lirio entre los espinos, ámela, considérela, ayúdela. No se olvide de la palabra que dio, cuando prometió esto ante el Señor.
El cuadro del lirio entre los espinos es digno de ser plasmado en una pintura o poesía, pero preferimos el que muestra la iglesia que Jesucristo compró con su sangre preciosa; ella, para su Señor, es “como el lirio entre los espinos”, formada por todos aquellos llamados a ser “irreprensibles y sencillos, hijos de Dios sin mancha en medio de una generación maligna y perversa, en medio de la cual resplandecéis como luminares en el mundo” (Fil. 2:15,16).
La belleza de la iglesia está implícita en Cristo, él es su Salvador y él es quien la viene labrando sobre la base de su amor y de su entrega hacia ella, purificándola en el lavamiento del agua por la palabra, “a fin de presentársela a sí mismo, una iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuese santa y sin mancha” (Ef. 5:25-27). En esto estriba la belleza de la iglesia.
Pensemos en espinos; estos están presentes desde el principio, cuando Dios maldijo la tierra por causa del hombre, porque este desobedeció su orden (Gn. 3:18). A partir de allí, ya sea en forma literal o en metáfora, las Escrituras se refieren a ellos en relación a: violencia (Jue. 8:7); indiferencia e incredulidad (Pr.15:19; 24:31); lo fugaz y sin sentido (Ec. 7:6); falsedad (Jer. 12:3); desolación religiosa (Os. 10:8); ausencia de valores (Miq. 7:4); oposición incontrolada (Nah. 1:10); el afán de este siglo y el engaño de las riquezas (Mt. 13:22); identidad distorsionada (Lc. 6:44); conducta reprobada (Heb. 6:8) y mucho más, si se considera que este mundo está bajo el maligno(1 Jn. 5:19), el cual busca con sus dardos de fuego (Ef. 6:16), desolar la fe del creyente, algo que no debe ocurrir porque es un enemigo vencido (1 Jn. 2:13) y porque tenemos en nuestro Amado, alguien que nos guarda (1 Jn. 5:18).
No erramos si decimos que la iglesia vive entre todo esto, pero tampoco debe rehusarse la responsabilidad que tiene cada creyente de mostrarse hermoso entre sus espinos. Si su Señor sufrió y soportó hasta lo indecible y en todo se mostró humilde, obteniendo la victoria, por lo que el Padre lo exaltó hasta lo sumo, dándole un nombre que es sobre todo nombre (Fil. 2:9), no se espera menos de aquellos por quienes dio su vida en la cruz, muriendo en su lugar, el justo por los injustos para llevarnos a Dios (1 P. 3:18).
Por todo lo anterior, no olvide que aquel que nos considera como “el lirio entre los espinos” es “poderoso para guardaros… y presentaros sin mancha delante de su gloria con gran alegría”, por lo que “al único y sabio Dios, nuestro Salvador, sea gloria y majestad, imperio y potencia, ahora y por todos los siglos. Amén” (Jud. 24,25).
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