Estar inquieto en nuestra fe puede convertirse en algo grave, y sinceramente, amable lector, no es deseable esto para usted, sobre todo en estos días tan complicados, tan difíciles, cuando el hombre cree que puede vivir sin necesitar de Dios.
La fe puesta en Dios, se convierte en blanco de Satanás, el enemigo de nuestras almas; él sabe que sólo tiene que atacar este punto del creyente, para que fracase todo el plan que tiene Dios para su vida. En este mundo en que vivimos, donde el aprecio por lo que verdaderamente vale, no existe, nosotros tenemos la fe. Nos toca hacer, con la ayuda del Señor, todo aquello que sea necesario para que nuestra fe no falte (Lc. 22:32).
Le invitamos a que considere los siguiente para no flaquear en su fe.
Valor de la fe. Las Escrituras dicen que la fe que se alcanza por la justicia de nuestro Dios y Salvador Jesucristo es preciosa (2 P. 1:1).
Poder de la fe. Dicen también que somos guardados por el poder de Dios mediante la fe (1 P.1: 5).
¡Qué hermoso testimonio de alguien que un día se vio en circunstancias tan especiales, pero que escuchó de su Señor palabras tan reconfortantes!: “Yo he rogado por ti, que tu fe no falte” (Lc. 22: 32). Que nuestra fe no falte, debe ser un ruego constante a nuestro Dios.
Prueba de la fe. Nuestra fe necesita ser probada y el Señor nos da la fortaleza necesaria para soportar la prueba (1 Co. 10:13).
Amable lector, sean cuales sean sus circunstancias, es el Señor y la fe en él, quien le ayudará a vencer todo lo adverso, pero, cerca de él; de otra manera, lejos, lo único que haríamos, sería darle ventaja al enemigo.
No olvide usted el precio tan grande que tuvo que pagarse por nuestra redención. Nuestro Salvador, el Señor Jesucristo, él pagó con su sangre, el precio. Es indescriptible todo el dolor y sufrimiento que padeció nuestro Amado Salvador.
Pablo escribió en una de sus cartas: “Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu, los cuales son de Dios (1 Co. 6:20), y es en fe, como podremos hacer esto. Esto es gratitud.
¿Qué hacer? Orar al Señor rogándole que haga crecer en nosotros la fe. Escudriñar la Palabra y hacer nuestra cada promesa.
Amable lector, comprenda que su fe en Dios debe ser su razón de vivir; “el justo por su fe vivirá” (Hab. 2:4); cuide que su fe esté fundada en el poder de Dios, vele, afírmese en la fe, esfuércese con poder en ese ser interior por el Espíritu, para que habite Cristo por esa fe maravillosa en su corazón, a fin de estar bien arraigado y cimentado en amor y para que así sea capaz de comprender como muchos, la anchura, la longitud, la profundidad y la altura, y conocer el amor de Cristo que excede a todo conocimiento (Ef. 3:17-19).
Pelear la buena batalla de la fe, echar mano de la vida eterna, a la cual asimismo fuimos llamados, habiendo hecho la buena profesión delante de muchos testigos, serán ejercicios muy útiles para tan noble fin ( 1 Ti. 6:12).
En nuestro corazón deseamos que esta lectura le sea de mucho bien, pero más aún, deseamos que nuestro Dios, el cual le ama, tanto, que por eso envió a su amado Hijo a morir en una cruz, que ese buen Dios le tome en sus manos, fije sus ojos en usted, y así pueda usted entender el camino en el que debe andar (Sal. 32:8).
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