“Las vigas de nuestra casa son de cedro, y de ciprés los artesonados” (Cantares 1:17).
Una casa brinda seguridad y será deseable que se habite una que esté construida con todos los detalles que lo garanticen, además de aquellos que le proporcionen diseño y belleza. ¡Felices quienes la posean! Sin embargo, lo que deberá sostener y adornar la casa de todo matrimonio, y ya no nos referimos a las cuatro paredes, deberá ser el amor que los haya unido en el Señor y las virtudes que como esposos deberán ir descubriendo uno del otro al paso del tiempo. Sobre todo lo anterior agregaríamos que deberá ser el Señor quien la edifique (Sal. 127:1) y que se tengan resoluciones claras (Jos. 24:15). ¿Puede usted decir que en esto estriba la verdadera fortaleza y belleza de su casa, o su buena casa lo ha hecho enorgullecerse en su corazón, de tal manera que se ha olvidado del Señor (Dt. 8:11,14)? ¡Cuidado!
“Nuestra casa”
Al meditar en estas palabras dichas por la esposa, observamos cuanta confianza y seguridad siente cuando se refiere a “nuestra casa”. El esposo ha provisto un lugar para los dos, es un lugar hermoso y es indudable que ha trabajado en él, y lo ha preparado para estar allí con ella. ¡Ella está feliz!
Esta reflexión nos da la oportunidad de acordarnos del hogar en el que ahora vivimos y en el que viviremos cuando el Señor nos llame a su presencia o cuando venga por los suyos.
El apóstol Pablo, escribiendo de su cuerpo como una morada dice: “Porque sabemos que si nuestra morada terrestre, este tabernáculo, se deshiciere, tenemos de Dios un edificio, una casa no hecha de manos, eterna, en los cielos”, a la que llama su “habitación celestial”. En este cuerpo, ahora, mora el Espíritu Santo, dado a nosotros como arras. Por habitar este cuerpo, ahora, estamos ausentes del Señor, aunque quisiéramos estar presentes. De una forma o de otra, estamos conscientes que tenemos que serle agradables, mirando nuestra ya cercana reunión con él (2 Co. 5:1-10).
Pensando en nuestra protección y cuidado, pero también en trabajo, el Señor nos dejó en su iglesia, la casa de Dios. Ahí vivimos y ahí nos debemos conducir de una determinada manera, porque es el lugar donde está el Dios viviente y donde se defiende su verdad (1 Ti. 3:15).
Estando en la tierra, el Señor Jesús dijo: “No se turbe vuestro corazón; creéis en Dios, creed también en mí. En la casa de mi Padre muchas moradas hay; si así no fuera, yo os lo hubiera dicho; voy, pues, a preparar lugar para vosotros. Y si me fuere y os preparare lugar, vendré otra vez, y os tomaré a mí mismo, para que donde yo estoy, vosotros también estéis” (Jn. 14: 1-3). Llama la atención el amoroso trato del Señor para los que en él creen; trato que da consuelo. Ahora hay una separación, pero esta es temporal, mientras; él fue a preparar el lugar que será nuestra casa y en dónde viviremos felices con él.
No hay ni la más mínima posibilidad de que esto no sea verdad, quién lo promete es aquel que nos amó, nos ama y nos amará hasta el fin.
“Las vigas son de cedro…, y de ciprés los artesonados”
Los lugares celestiales con Cristo (Ef. 1:3) es la experiencia que nos confirma que en nuestra vida con Cristo hay crecimiento, fortaleza y firmeza de convicciones.
Como fue en el pasado (Éx. 40:34; 2 Cr. 7:1), tal es ahora y será mañana, que la presencia del Señor llenará el lugar donde estemos con él, porque él es todo lo hermoso que tenemos en la vida.
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