Interfuerza

REFLEXIONES 2011


"SU BANDERA"



“Me llevó a la casa del banquete, y su bandera sobre mí fue amor” (Cantares 2:4).

Los buenos momentos propician experiencias gratas. Que estos sean los más en nuestro matrimonio, para que se plasmen en el corazón de nuestra esposa y que le digan a ella del amor que le tenemos. Que sean para ella motivo de alegría plena. Las formas pueden ser muchas y muy variadas, sólo es que queramos; que nos demos tiempo, pero haga de los momentos cuando junto a usted adora a su Señor, para después servirle con amor, los mejores, sus favoritos. Hágalo, procúrelo. ¡Para ella serán momentos inolvidables!

Meditemos ahora en nuestro amado y en esa hermosa experiencia que nos describe el texto. La frase “me llevó” nos lleva a pensar en alguien que ha sido rendido en su voluntad por un amor tan profundo, de tal modo que en su ser no halla otro bien que no sea disfrutar de la presencia de quien lo ama tanto. El salmista da testimonio de una experiencia similar “Con todo, yo siempre estuve contigo; me tomaste de la mano derecha. Me has guiado según tu consejo… ¿A quién tengo yo en los cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra” (Sal. 73:23-25). Nosotros nos gozamos con nuestro Salvador y Señor, él “nos amó y se entregó a sí mismo por nosotros, ofrenda, ofrenda y sacrificio olor fragante“ (Ef. 5:2) No hay para nosotros bien fuera de él. Que esta sea también su experiencia.

“La casa del banquete”. Un sitio especial de agasajo y de regocijo para aquellos que son amados. ¡Qué privilegio tan grande! Somos nosotros y él; ¡cuánto deleite encontramos en su amor! Allí sacia el alma su sed y los anhelos se ven cumplidos; allí contemplamos su poder y su gloria; allí el concepto de lo bueno es reemplazado por lo mejor, allí, en él, hay plena satisfacción, allí tienen sentido los pensamientos y las meditaciones que nacen en un insomnio provechoso; allí nos damos cuenta cuánto estamos apegados a él (Sal. 63:1-8).
“Su bandera…fue amor”. ¡Qué acto, que nuestro Salvador llevara a cabo y que ondea en nosotros como la evidencia más clara de su amor, que su muerte, y muerte de cruz! Nuestros ojos han visto grandes obras que el Señor ha hecho, las podemos designar como gloria y hermosura (Sal. 111:2) pero brilla y refulge de manera especial, atrayente y maravillosa “tu Salvador…y…su obra” (Is. 62:11).

Si miramos hacia atrás, una cruz se yergue en el monte Calvario como la prueba de amor abnegado, incondicional y sublime que jamás alguien haya dado. Allí, en esa cruz, el Padre vio morir a su Hijo y, en la oscuridad del momento y en absoluta soledad lo deja morir, porque lleva sobre sí los pecados de toda la humanidad. Si miramos el presente, la misma cruz, pero más bien dicho, la bendita persona que allí diera su vida por nosotros, se convierte en el motivo de nuestra memoria, ante un pan y una copa de vino, que nos hacen recordar su grande amor, el cual mostró por nosotros, cuando murió en nuestro lugar (Is. 26:8); y si miramos adelante, vislumbramos un futuro maravilloso con aquel a quien un día “veremos tal como él es” (1 Jn. 3:2).

Tan grande amor sólo puede ser correspondido con un andar en amor todos los días. Así, con su Señor, “el de corazón contento tiene un banquete continuo” (Pr. 15:15)

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