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Testimonio de un monarca |
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“La señales y milagros que el Dios Altísimo ha hecho conmigo” (Daniel 4:2, 3, 34-37). Los hechos extraordinarios son perseguidos por los medios de comunicación, los círculos religiosos, las comunidades ávidas de notoriedad que quieren salir del anonimato. Los unos los dan a conocer, los otros los analizan y los terceros reclaman su autoría. ¿Cómo asegurarse que un hecho extraordinario es un milagro auténtico? Los interesados en estos asuntos, como usted lo sabe, han puesto sus propias reglas y han establecido sus cánones. Para los que ponemos a Dios como el principal autor y causa de todo lo que nos rodea, entendemos y creemos que todo lo que acontece es por su intervención, por lo tanto, es un milagro: la vida, la muerte, lo pacífico, lo adverso, el anochecer, el amanecer, etc. (Isaías 45:6,7). Sabemos que el poder enloquece, el placer desquicia, la abundancia de bienes abruma, y que el que busca frenéticamente esto, lo hace sin importar familia u honra a Dios. El Rey Nabucodonosor, personaje de la lectura sugerida, enloqueció completamente: actuó dementemente y su personalidad fue denigrada. ¿Cuál fue la causa? Olvidarse, como él mismo lo confesó cuando la razón le fue devuelta, que Dios es el único que debe ser importante en la existencia del hombre (lea en Eclesiastés 3:11). En su testimonio declara que su razón le fue devuelta cuando Dios así lo dispuso, considerando que esto fue un milagro realizado por Dios en su vida y además todo le fue devuelto, no perdió absolutamente nada. ¿Tiene usted algo que decir de Dios en este día? Dígaselo a él mismo en una oración; alábele ahora mismo por su grandeza y comprométase a buscarlo y a encomendar en sus manos su vida
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